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EL PORVENIR: LA IGLESIA Y EL
MUNDO (n)
La Mujer y el dragón
(12) Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer,
vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce
estrellas sobre su cabeza.
Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado
la hora de dar a luz.
Apareció también otra señal:
un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en
las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de
las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra.
El dragón se detuvo delante
de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto
naciera. Y la mujer
dio a luz un hijo varón, que ha de gobernar a todas las
naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y
llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al
desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado.
Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.
Entonces se desató una
batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el
dragón. Lucharon
el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo
lugar para ellos en el cielo.
El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el
Demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero
fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.
Oí entonces una fuerte voz
en el cielo que decía:
Por fin ha llegado la salvación, el poder y el
reinado de nuestro Dios, y la soberanía de su Ungido, pues
echaron al acusador de nuestros
hermanos, el que los acusaba dia y noche ante nuestro Dios.
Ellos lo vencieron con la sangre del Cordero, con su
palabra y con su testimonio, pues hablaron sin tener miedo a la
muerte.
Por eso alégrense, cielos y
los que habitan en ellos.
Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha bajado
donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda
poco tiempo.
Cuando el dragón vio que
había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer
que había dado a luz al varón.
Pero se le dieron a la mujer las dos alas de águila
grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será
mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la
mitad de un tiempo. Entonces
la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de
la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de
la mujer. Abrió la
tierra su boca y se tragó el río que el dragón había
vomitado.
Entonces el dragón se
enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto
de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de
Dios y guardan el mensaje de Jesús.
Y se quedó a orillas del mar.
La bestia y el falso profeta
(13) Entonces vi una bestia que sube del mar; tiene siete
cabezas y diez cuernos con diez coronas en los cuernos, y en las
cabezas un título que ofende a Dios.
La bestia que vi se parecía a un leopardo, aunque sus
patas eran como las de un oso y su boca como de un león.
El dragón le entregó su poder y su trono con un imperio
inmenso. Una de sus
cabezas parecía herida de muerte, pero su llaga mortal se le
curó. Entonces
toda la tierra se maravilló, siguiendo a la bestia.
Se postraron ante el dragón que había entregado el
poderío a la bestia diciendo:
“¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede competir
con ella?”
Se le concedió hablar en un
tono altanero que desafiaba a Dios, y se le concedió ejercer su
poder durante cuarenta y dos meses.
Abrió, pues, su boca para insultar a Dios, insultar su
Nombre y su santuario, es decir, a los que habitan en el cielo.
Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos;
se le concedió autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación.
Y la van a adorar todos los
habitantes de la tierra, todos aquellos cuyos nombre no están
inscritos desde la creación del mundo en el libro de la vida
del Cordero degollado.
El que tenga oídos para oír,
que oiga: “El que
está destinado a la cárcel, a la cárcel irá; el que está
destinado a morir a espada, a espada morirá.”
Esta es la hora de la perseverancia y de la fe para los
santos.
Vi luego otra bestia que
surgía de la tierra y tenía dos cuernos de cordero, pero
hablaba como un dragón. Esta
segunda bestia está al servicio de la primera y dispone de todo
su poder y autoridad; hace que la tierra y todos sus habitantes
adoren a la primera bestia, cuya herida mortal ha sido curada.
Realiza grandes prodigios, incluso hace descender fuego
del cielo a la tierra en presencia de toda la gente.
Por medio de estos prodigios
que le ha sido concedido obrar al servicio de la bestia, engaña
a los habitantes de la tierra y los persuade a que hagan una
estatua en honor de la bestia que, después de ser herida por la
espada, se había recuperado.
Se le concedió dar vida a la estatua de la bestia, hasta
el punto de hacerla hablar y que fueran exterminados todos los
que no la adorasen.
Hace, pues, que grandes y
pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se pongan una
marca en la mano derecha o en la frente; ya nadie podrá comprar
o vender si no está marcado con el nombre de la bestia o con la
cifra de su nombre.
¡Vean quién es sabio!
El que sea inteligente, que interprete la cifra de la
bestia. Es la cifra
de un ser humano, y su cifra es 666.
Los 144,000 en el monte Sión
(14) Tuve otra visión:
el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión y lo
rodeaban ciento cuarenta y cuatro mil personas que llevaban
escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su
Padre. Un ruido
retumbaba en el cielo, parecido al estruendo de las olas o al
fragor del trueno: era como un coro de cantores que se acompañan
tocando sus arpas.
Canta un cántico nuevo
delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los
Ancianos. Y nadie
podía aprender aquel canto, a excepción de los ciento cuarenta
y cuatro mil que han sido rescatados de la tierra.
Estos son los que no se mancharon con
mujeres: son vírgenes.
Estos siguen al Cordero adondequiera que vaya; estos son
como las primicias, pues han sido rescatados de entre los
hombres para Dios y el Cordero.
En su boca no se encontró mentira:
son intachables.
Luego vi a otro ángel que
volaba por lo alto del cielo, trayendo la buena nueva
definitiva, la que tenía que anunciar a los habitantes de la
tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo.
Gritaba con fuerza: “Rindan a Dios gloria y honor,
porque ha llegado la hora de su juicio.
Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los
manantiales de agua.”
Lo siguió otro ángel
gritando: “Cayó,
cayó Babilonia la grande, la prostituta que servía su vino
capcioso a todas las naciones y las emborrachaba con su desatada
prostitución.”
Un tercer ángel pasó después,
clamando con voz fuerte: “Si alguno adora a la bestia y a su
imagen y se deja marcar la frente o la mano, tendrá que beber
también el vino embriagante de Dios, que está preparado, puro,
en la copa de su enojo. Será
atormentado con fuego y azufre ante los santos ángeles y ante
el Cordero.”
No hay reposo, ni de día ni
de noche, para los que adoran a la bestia y a su imagen, ni para
quienes se dejan marcar con la marca de su nombre. El humo de su
tormento se eleva por los siglos de los siglos.
Este es el tiempo de
aguantar para los santos, para todos aquellos que guardan los
mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
Entonces oí una voz que decía
desde el cielo: “Escribe
esto: Felices desde
ahora los muertos que mueren en el Señor.
Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas,
pues sus obras los acompañan,”
Continuó la visión.
Apareció una nube blanca y, sentado sobre la nube, uno
como Hijo de Hombre, que llevaba una corona de oro en la cabeza
y una hoz afilada en la mano.
Salió del santuario otro ángel clamando con potente voz
al que estaba sentado en la nube: “Mete tu hoz y cosecha,
porque ha llegado el tiempo de cosechar y la cosecha de la
tierra está en su punto.”
Y el que estaba sentado en la nube lanzó su hoz a la
tierra y la tierra fue segada.
Entonces un ángel, que
también llevaba una hoz afilada, salió del santuario celeste.
Otro ángel, el que está encargado del fuego, salió del
altar y gritó al que llevaba la hoz afilada: “Mete tu hoz
afilada y cosecha los racimos de la viña de la tierra, porque
ya están bien maduros.”
Entonces el ángel metió la hoz e hizo la vendimia,
echando todos los racimos de uva en el gran lagar de la cólera
de Dios. Las uvas
fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar brotó tanta
sangre que llegó hasta la altura de los frenos de los caballos,
en una extensión de mil seiscientos estadios.
(15) Vi luego en el cielo otra señal grande y maravillosa:
siete ángeles que llevaban siete plagas, las últimas, porque
con ellas se consuma la cólera de Dios. Vi también como un mar
de cristal destellante, y a los vencedores de la bestia, de su
imagen y de la cifra de su
nombre, que se colocaban sobre el mar de cristal, llevando las
arpas celestiales en sus manos. Estos cantan el cántico de Moisés, servidor de Dios, y el cántico
del Cordero:
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios,
Todopoderoso. Justicia
y verdad guían tus pasos, oh Rey de las naciones.
¿Quién no dará honor y gloria a tu Nombre, oh Señor?
Tu solo eres santo, y todas las naciones vendrán y se
postrarán ante ti, porque tus fallos se han dado a conocer.
Las siete copas
Después se abrió el
Santuario de la Tienda del Testimonio y salieron del Santuario
los siete ángeles portadores de las siete plagas, vestidos de
lino puro resplandeciente y ceñido su pecho con cinturones de
oro. Uno de los
cuatro Vivientes entregó a los siete ángeles siete copas de
oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos sin fin.
Entonces el Santuario se llenó de humo por estar allí
la gloria de Dios y su poder, de modo que nadie podía entrar en
él hasta que se consumaran las siete plagas de los siete ángeles.
(16) Y oí una voz potente que desde el Santuario gritaba a
los siete ángeles: “Vayan y derramen sobre la tierra las
siete copas del furor de Dios.”
Salió el primero, vació su
copa sobre la tierra y se produjeron úlceras malignas y
dolorosas en las personas que llevaban la marca de la bestia y
se postraban ante su imagen.
El segundo ángel vació su copa sobre el mar, y hubo
sangre como de desangrado, y todo lo que vive en el mar pereció.
El tercer ángel vació su
copa sobre los ríos y sobre los manantiales de agua, que se
convirtieron en sangre. Y
oí al ángel de las aguas que decía: “Tú, el que eras y el
que eres, el Santo, eres justo al castigarlos de este modo, pues
ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas, y tú
les has dado a beber sangre.
Bien se lo merecían.”
Entonces oí otro grito que
venía del altar: “Sí,
Señor y Dios, Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y
justos”.
El cuarto ángel derramó su
copa sobre el sol, y su calor comenzó a quemar a la gente.
Los hombres fueron abrasados y empezaron a insultar a
Dios, que tiene poder sobre tales plagas, en vez de reconocerle
y darle gloria.
El quinto ángel vació su
copa sobre el trono de la bestia, y al instante su reino quedó
sumido en tinieblas y la gente se mordía la lengua de dolor. Insultaron al Dios altísimo a causa de sus dolores y de sus
llagas, pero no se arrepintieron ni dejaron de hacer el mal.
El sexto ángel derramó su
copa en el gran río Éufrates, y sus aguas se secaron, dejando
un paso libre para los reyes de oriente.
Y vi que de la boca del dragón, de la bestia y del falso
profeta salían tres espíritus inmundos que tenían aspecto de
ranas. Estos son
espíritus diabólicos que pueden hacer milagros, y se dirigen a
los reyes del mundo entero para convocarlos para la batalla del
gran día de Dios, el Todopoderoso.
“Miren que vengo como un
ladrón. Feliz el
que se mantiene despierto y no se quita la ropa, porque así no
tendrá que andar desnudo y no se verán sus vergüenzas.”
Los reunieron en el lugar
llamado en hebreo Harmaguedón (o sea, cerros de Meguido).
El sétimo ángel vació su
copa en el aire. Entonces
salió una voz del trono que se escuchó fuera del Santuario, y
decía: “Está hecho”.
Se produjeron relámpagos, retumbar de truenos y un
violento terremoto. Nunca
hubo terremoto tan violento como éste desde que hay hombres
sobre la tierra.
La Gran Ciudad se abrió en
tres partes y las ciudades de las naciones se desplomaron.
Acababan de acordarse ante Dios de la Gran Babilonia y le
iban a pasar la copa del vino puro de su ira.
Entonces los continentes huyeron y las cordilleras
desaparecieron. Enormes
granizos como de un quintal cayeron del cielo sobre la gente, y
los hombres insultaron a Dios por la desastrosa granizada, pues
fue una plaga tremenda.
El juicio de Babilonia
(17) Entonces vino uno de los siete ángeles de las siete
copas y me dijo: “Ven, que te voy a mostrar el juicio de la
famosa prostituta que se sienta al borde de las grandes aguas;
con ella pecaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la
tierra se emborracharon con el vino de su idolatría.”
El ángel me llevó en
espíritu al desierto: era una nueva visión.
Había allí una mujer sentada sobre una bestia de color
rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos.
Esta bestia estaba cubierta de títulos y frases que
ofendían a Dios. La
mujer vestía ropas de púrpura y escarlata, y resplandecía de
oro, piedras preciosas y perlas.
Tenía en la mano una copa de oro llena de cosas
repugnantes, que eran las impurezas y la lujuria de la tierra
entera. En su
frente se podía leer su nombre, escrito en forma cifrada:
Babilonia la Grande, la madre de las prostitutas y de
los abominables ídolos del mundo entero. Y observé que la
mujer se había embriagado con la sangre de los santos y de los
mártires de Jesús.
Esta visión me dejó muy
sorprendido, pero el ángel me dijo: “¿Por qué te
maravillas? Voy a
explicarte el misterio de esta mujer y de la bestia que la
lleva, la de las siete cabezas y los diez cuernos.
La bestia que has visto era, pero ya no es.
Sube del abismo, pero camina hacia su perdición. Los
habitantes de la tierra, cuyo nombre no fue escrito en el libro
de la vida desde la creación del
mundo, se asombrarán al descubrir que la bestia era,
pero ya no es y pasa pronto.
A ver si ustedes lo
adivinan. Las siete cabezas son siete colinas sobre las que la
mujer está sentada. Y
son también siete reyes, de los cuales cinco han caído ya, uno
está en el poder y el otro no ha llegado aún, y cuando llegue,
habrá de durar poco tiempo. La bestia que era y ya no es, hace el octavo, pero es uno de
los siete, y camina hacia su destrucción.
Los diez cuernos son diez reyes que todavía no han
recibido el reino, pero tendrán poder por una hora junto a la
bestia.
Persiguen todos una solo
meta, y pondrán su autoridad y sus fuerzas al servicio de la
bestia. Harán la
guerra al Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor
de señores y Rey de reyes, y con él vencerán los suyos, los
llamados y elegidos y que se mantienen fieles.”
El ángel prosiguió:
“Las aguas que has visto, a cuyo borde está sentada la
prostituta, representan pueblos, multitudes y naciones de todos
los idiomas. Los
diez cuernos y la misma bestia planearán maldades contra la
prostituta, la arruinarán y la dejarán desnuda, comerán sus
carnes y la consumirán por el fuego.
Porque Dios se vale de ellos para ejecutar su plan, y les
ha inspirado la misma intención de poner sus fuerzas al
servicio de la bestia hasta
que se cumplan las palabras de Dios.
Esa mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que reina
sobre los reyes del mundo entero.”
(18) Después de esto vi bajar del cielo a otro ángel.
Era tan grande su poder, que toda la tierra quedó
iluminada por su resplandor.
Gritó con voz potente:
“¡Cayó, cayó la Gran
Babilonia! Se ha convertido en guarida de demonios, en refugio
de espíritus inmundos, en nido de aves impuras y asquerosas;
porque con el vino de su prostitución se han emborrachado todas
las naciones; los reyes de la tierra pecaron con ella, y
los comerciantes del mundo se hicieron ricos con ella, pues era
buena para gastar.”
Oí otra voz que venía del
cielo y decía:
“Aléjate de ella, pueblo
mío, no sea que te hagas cómplice de su maldad y tengas que
compartir sus castigos; porque sus pecados se han apilado hasta
el cielo y Dios se ha acordado de sus maldades.
Devuélvanle según ella ha dado, páguenle el doble de
lo que ha hecho, viértanle doble medida de lo que ella daba de
beber. Que sufra tantos tormentos y penas como fueron su orgullo
y su lujo.
Se dice a sí misma: “¡Domino
como reina, no soy viuda, nunca conoceré el lamento.” Por
eso, y en un solo día caerán sobre ella sus plagas: muerte,
lamentos y hambre, y quedará consumida por el fuego; pues
poderoso es su juez, que es Dios, el Señor.”
Llorarán y harán duelo por
ella los reyes de la tierra que con ella se acostaban y lo
pasaban bien cuando vean la humareda de su incendio.
Se detendrán a distancia aterrados ante su suplicio y
exclamarán: “¡Ay,
ay de la gran ciudad, de Babilonia, ciudad poderosa, que en una
hora te arrasó el juicio!”
Llorarán y se lamentarán
por ella los comerciantes de la tierra, porque ya no hay quien
compre sus mercaderías: sus cargamentos de oro, plata, piedras
preciosas y perlas; telas de lino fino y púrpura, vestidos de
seda y escarlata; maderas perfumadas, objetos de marfil y
muebles muy costosos; bronce, hierro y mármol; especias,
perfumes, mirra e incienso; vino y aceite, harina y trigo,
vacunos y corderos, caballos y carruajes, esclavos y mercadería
humana. Dirán: “Ya no verás más las frutas que ansiabas.
Se acabó para ti el lujo y esplendor, y jamás volverán.”
Los que traficaban con estas
cosas y con ella se enriquecían, se mantendrán a distancia
horrorizados por el castigo. Llorando y lamentándose dirán a
gritos: “¡Ay, ay, de la Gran Ciudad, la que se vestía de
lino, púrpura y escarlata y resplandecía de oro, piedras
preciosas y perlas! ¡En una hora se acabó tanta riqueza!”
Todos los capitanes,
navegantes, marineros y cuantos se ocupaban en los trabajos del
mar se detuvieron a distancia y gritaron al contemplar la
humareda de su incendio: “¿Dónde se ha visto jamás ciudad
como ésta?” Y echando polvo sobre su cabeza, decían llorando
y lamentándose:
“¡Ay, ay de la Gran
Ciudad, donde se hicieron muy ricos, gracias a su lujo, cuantos
tenían naves en el mar! ¡En una hora ha quedado devastada!”
¡Alégrense por ella, cielos, y también ustedes los santos,
los apóstoles y los profetas! Porque Dios les ha hecho justicia y le ha hecho pagar.
Entonces un ángel poderoso
tomó una piedra, tan enorme como una piedra de molino, y la
arrojó al mar, diciendo: “Así, con igual violencia, será
arrojada Babilonia, la Gran Ciudad, y no se volverá a ver más.
Nunca mas se oirán en ti el
son de arpas y cítaras, flautas y trompetas; no trabajarán más
en ti artesanos de ningún arte; no se oirá más en ti ruido de
molino, ni brillará luz de lámpara; no se oirán más en ti
los cantos del novio y de la novia.
Porque tus comerciantes eran los magnates de la tierra, y
con tus hechicerías se extraviaron las naciones.
En esta ciudad fue hallada sangre de profetas y santos y
de todos los que fueron degollados en la tierra.”
Cantos en el cielo
(19) Después oí en el cielo algo como el canto de un
inmenso gentío, que decía:
¡Aleluya! ¿Quién salva y quién tiene gloria y poder
sino nuestro Dios? Sus
juicios son verdaderos y justos: ha condenado a la gran
prostituta que corrompía la tierra con su inmoralidad y le ha
hecho pagar la sangre de sus servidores.
Y volvieron a clamar: ¡Aleluya!
De ella sube humo por los siglos de los siglos.
Entonces los veinticuatro
ancianos y los cuatro vivientes se postraron adorando a Dios,
que está sentado en el trono, diciendo:
Amén. Aleluya.
Y salió del trono una voz
que decía: “Alaben a nuestro Dios todos sus servidores, todos
los que honran a Dios, pequeños y grandes.” Y oí el ruido de
una multitud inmensa como el ruido del estruendo de las olas,
como el fragor de fuertes truenos,
Y decían:
Aleluya.
Ahora reina el Señor Dios, el todopoderoso.
Alegrémonos, regocijémonos démosle honor y gloria,
porque han llegado las bodas del Cordero.
Su esposa se ha engalanado, la han vestido de lino fino,
deslumbrante de blancura. –el lino son las buenas acciones de los santos-.
Después el ángel me dijo:
“Escribe: Felices los que han sido invitados al banquete de
bodas del Cordero.” Y añadió:
“Estas son palabras verdaderas de Dios.”
Caí a sus pies para
adorarlo, pero él me dijo:
“No lo hagas, yo no soy más que un servidor como tú y
como tus hermanos que transmiten las declaraciones de Jesús
(son declaraciones de Jesús las que vienen del espíritu de los
profetas). Sólo
debes adorar a Dios.”
El triunfo de la Palabra de
Dios
Vi el cielo abierto y
apareció un caballo blanco.
El que lo monta se llama “Fiel” y “Veraz”. Es
el que juzga y lucha con justicia.
Sus ojos son llamas de fuego, tiene en la cabeza muchas
coronas y lleva escrito un nombre que sólo él entiende.
Viste un manto empapado de sangre y su nombre es: La
Palabra de Dios. Lo
siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, vestidos
con ropas de lino de radiante blancura.
De su boca sale una espada afilada, para herir con ella a
las naciones: él las gobernará con vara de hierro; él mismo
pisará el lagar del vino de la ardiente cólera de Dios, el
Todopoderoso. En el
manto y en el muslo lleva escrito este título: “Rey de reyes
y Señor de señores”.
Vi luego a un ángel parado
sobre el sol, que gritó con voz potente a todas las aves que
volaban por el cielo: “Vengan acá, reúnanse para el gran
banquete de Dios. Vengan
y devoren carne de reyes, de generales, de hombres valientes;
devoren al caballo con su jinete, a hombres libres y esclavos, a
pequeños y grandes.”
Vi entonces a la bestia y a
los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para
combatir contra el que iba montado en el caballo blanco y contra
su ejército. Pero
la bestia fue capturada y con ella el falso profeta que había
realizado maravillas al servicio de la bestia, engañando con
ellas a los que habían aceptado la marca de la bestia y a los
que adoraban su estatua. Los
dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con
azufre. Todos los
demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del
que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de su carne.
Los mil años
(20) Vi después a un ángel que bajaba del cielo llevando
en la mano la llave del Abismo y una cadena enorme. Sujetó al monstruo, la serpiente antigua, que es Satanás o
el diablo, y lo encadenó por mil años.
Después tendrá que ser soltado por poco tiempo.
También vi unos tronos, y
sentados en ellos los que tienen poder para juzgar. Vi también las almas de aquellos a quienes les cortaron la
cabeza por causa de las enseñanzas de Jesús y de la Palabra de
Dios. Vi a todos
los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen y no habían
recibido su marca en la frente o en la mano.
Volvieron a la vida y reinaron mil años con el Mesías.
Esta es la primera resurrección.
El resto de los muertos no volvieron a la vida hasta que
se cumplieron los mil años.
¿Feliz y santo es el que
participa en la primera resurrección!
La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos; serán
sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.
Y cuando se terminen los mil
años, Satanás será soltado de su prisión, saldrá a engañar
a Gog y Magog, es decir, a las naciones los cuatro
extremos de la tierra, una multitiud tan numerosa como las
arenas del mar. Invadieron
el país entero y cercaron el campamento de los santos, la
Ciudad muy amada, pero bajó fuego del cielo y los devoró.
Entonces el diablo, el
seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde y a se
encontraban la bestia y el falso profeta.
Allí serán atormentados día y noche por los siglos de
los siglos.
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(n)
NOTAS:
a)
El texto del Apocalipsis ha sido tomado de La Biblia
Latinoamericana, edición de 1995 (XIII Edición), pero se ha
suprimido la numeración de los versículos.
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